…El agua sulfurosa es buena para los nervios, la aluminosa para las parálisis y astenias del mismo tipo, la bituminosa o nitrosa para bebidas y purgas. Muchas personas se jactan de soportar durante largo tiempo el calor de las fuentes termales, lo que es muy nefasto; en efecto, su uso no debe ser apenas más prolongado que el del baño, hay que seguirlo de abluciones de agua fría y no marcharse sin frotarse con aceite… (Vitruvio VIII, 3, 4-5. Siglo I a.C.).
Por Lucas Monsalve — Historiador
A lo largo de la historia, el hombre ha sometido su cuerpo, o parte de él, al influjo del agua y otros agentes, aplicados en calor, frío o vapor, en lo que conocemos como el ritual del baño termal.
Esta práctica ha desempeñando un papel fundamental en las antiguas civilizaciones egipcia, griega y romana. Las primeras referencias escritas de la época greco-romana describen recintos para el baño terapéutico conocidos como therma o balnea.
Las primeras termas medicinales documentadas se localizaban en enclaves naturales cercanos a manantiales de agua caliente, cuyo influjo se consideró beneficioso para la salud, en una costumbre que encuentra su máximo esplendor durante la época romana. Fue entonces cuando los espacios de baño terapéutico se transforman progresivamente para dar lugar a complejas y ricas construcciones arquitectónicas.
Así, a mediados del siglo II a.C. Roma ya contaba con grandes centros termales abiertos al público, como el de Agripa. Estos recintos compartían una tipología muy similar en torno a cuatro estancias principales: el lugar de recepción y vestuario, y tres zonas húmedas, donde los bañistas se sumergían en aguas calientes, tibias y frías, respectivamente. El proceso concluía con la exfoliación y depilación del cuerpo, masajes y unción con aceites y esencias aromáticas.
No obstante, la elocuencia romana sumó al rito de sanación una función social y política. Las primitivas termas dieron paso a nuevos espacios de ocio y recreo, pero también, a ambientes de discusión y poder, bajo un escenario de baño público. Se cuidó el ambiente, se ampliaron los recintos y se decoraron los salones con mármoles, mosaicos y esculturas. Las termas se convierten durante el Imperio en espacios imprescindibles en la vida del ciudadano romano.
Pero las múltiples evidencias arqueológicas existentes relativas al baño que han llegado hasta nosotros no se limitan a los restos de época romana, dado que la experiencia del baño termal fue continuada por el mundo árabe. Conscientes de las cualidades terapéuticas del agua, los musulmanes introdujeron la tradición del hamman como un elemento propio de su cultura, tomando así el testigo de la época romana. La costumbre del baño en Al-Ándalus es un excelente ejemplo de esta fusión cultural, que tras más de dos mil años de historia, aún sigue viva.
Por citar solamente algún ejemplo, hoy en día es posible disfrutar de un momento de sanación o relax en los Baños Árabes de la Ciudad de Jaén (Hamman al-Walad), que fueron construidos en el siglo XI, durante el Califato de Córdoba, sobre las bases de una antigua terma romana.
Fuente: Gloria Mora. La literatura médica clásica y la arquitectura de las termas medicinales. Revista Espacio, Tiempo y Forma, Serie II, Hª Antigua, t. V, 1992.
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