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Verónica Echegui: "Siempre P´alante"

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Candidata al Goya a mejor actriz por su interpretación en Katmandú, un espejo en el cielo, los registros actorales de esta madrileña que aúna en sus venas sangre vasca, andaluza y mexicana son… inagotables. Como su energía. De eso ya se dio cuenta Bigas Luna al elegirla entre múltiples aspirantes para su Yo soy la Juani (2006), y ahora, tras varias películas, Icíar Bollaín la vuelve a redescubrir convirtiéndola en una maestra en Katmandú. Es Verónica Echegui, 28 años, animal cinematográfico y pura verdad.

Texto: Gloria Scola. Fotografías: José Haro.

“Sí, es cierto que yo era la número 651 de 3.000 en el casting de Yo soy la Juani” confirma Verónica Echegui (Madrid, 16 de junio de 1983) mientras se termina una ensalada en la madrileña CINETECA del Paseo de la Chopera (www.cinetecamadrid.com). Bigas Luna decidió que, efectivamente, ella era su protagonista, al igual que años atrás hiciera en Jamón Jamón con una jovencísima Penélope Cruz, a quien, por cierto, Verónica Echegui recuerda en muchos planos de Katmandú: un espejo en el cielo.

En fin, esa es su hazaña. Destacar entre tantas que podrían destacar. Despuntar en un oficio en el que das una patada y salen cien buenas, pero solo tú (y esa tú es “Vero”, como la llama Icíar Bollaín) eres la elegida. En el caso de Katmandú, un espejo en el cielo, todavía con más mérito, porque es la única actriz española de la película. En realidad hay un papelito mínimo del personaje de la hermana, pero todo el peso del film recae en ella, y con fuerza. Su admirable interpretación le ha reportado hasta el momento una nominación al Goya a mejor actriz (enigma resuelto el 19 de febrero) y muchos elogios. Ha sufrido lo suyo en el rodaje de nueve semanas en Nepal y Barcelona, y ha vivido en primera persona las andanzas de una maestra de escuela en las chabolas de Katmandú, la capital de aquel país. La cinta está inspirada en una historia real —la de Vicky Sherpa—, es en inglés y en nepalí y con actores y equipo técnico nepalés. Con Verónica Echegui hablamos de toda su experiencia.

—Así que saliste de un casting de 3.000 chicas y Bigas Luna te escogió. ¿Es muy duro el proceso de las pruebas?

—Sí, bueno… Depende de cómo te lo tomes. Si te importa demasiado, sí, claro, porque es difícil ir a hacer una prueba sin estar pendiente de que te cojan. Creo que es un error ir con el chip de: “por favor, que me cojan…” Porque si ya lo haces por el resultado, no lo disfrutas.

—Y la interpretación se desvirtúa.

—Claro. Lo suyo es que te lo tomes como un trabajo de un rato, unas horas, lo disfrutes, y si tiene que pasar, pasará.

—Tanto en Yo soy la Juani como en “Katmandú, un espejo en el cielo”, eres la protagonista total. Y parece que la filosofía de ambos personajes es: “P´alante”. Ya te puede dar palos la vida, que aguantas. ¿Esa es también tu filosofía de vida?

—En parte sí y en parte no. Yo creo que mirar hacia adelante está muy bien, y también continuar y transformar las situaciones en algo positivo, siempre. Pero soy partidaria de afrontar tu propia porquería. No huir de los problemas, sino enfrentarlos, porque si no, en algún momento, te pasarán factura. Ambos personajes, la Juani y Laia, están demasiado pendientes de lo que quieren, demasiado concentradas en sus objetivos y no se paran de verdad a ver qué es lo que tienen en su vida que no les hace feliz.

—La película está íntegramente rodada en inglés y en nepalí. ¿Hablabas ya bien inglés?

—Sí, lo hablo desde pequeña. Pero aquí no tenía que hablar muy bien, porque si esta chica viene de donde viene y está hecha a sí misma… Yo quería hablar más spanglish, pero Icíar (Bollaín) decía: “Sí, pero se te tiene que entender”. Creo que al final cogimos un punto medio. Yo no soy bilingüe pero hablo mejor de lo que sale en la película.

—¿Y por qué hablas inglés?

—Porque en casa de mis padres siempre vivieron americanas, estudiantes, y pasaban temporadas de meses, durante bastantes años. Yo lo agradezco muchísimo, porque no es irte a una academia, sino que están en casa y tienes conversaciones de todo tipo en inglés.

—¿Cómo fue la experiencia de rodar en Nepal?

—Durísima. Nunca había estado y quería ir bastante a pelo. Me leí los libros que Laia, mi personaje, se había leído antes de ir, pero también quise ver qué me pasaba y cómo me encontraba. No fue nada fácil y el rodaje fue muy, muy tenso.

—¿Por qué?

—Por una combinación de factores. Desde, a veces, la falta de comunicación, ya que había mucha mezcla de nepaleses y españoles en el equipo técnico, a… no sé. Había gente maravillosa, pero en unas condiciones fastidiadas se saca lo mejor y lo peor de todo el mundo. Y lo peor, a la hora de trabajar, me afecta. Aprendí, pero no fue nada fácil llevarlo a cabo. Fue como un parto.

—¿Hablas de falta de comunicación por el idioma o por la forma de pensar?

—Por todo. Hablan nepalí e inglés, y las formas de pensar son muy diferentes, y los tiempos. Lo que allí hacen en dos o tres días, nosotros tenemos este ritmo asqueroso de: “lo quiero ya”. Todo era: “¡Vamos, vamos, vamos!” Apretando, apretando… y así es difícil.

—¿Qué es lo que más te ha llamado la atención de Nepal?

—Los nepaleses. Hay cosas en las que no estamos tan alejados, y hay muchas cosas de ellos que admiro muchísimo. Sus prioridades son otras, tienen más sentido de comunidad, aunque las diferencias de castas está muy vigente. Se supone que ya no, pero todas sus relaciones se basan en las castas.

—Y no se pueden mezclar.

—Sí, lo hacen. Algunos. Pero otros están muy cerrados a la tradición y a ideas muy arcaicas, y es una pena. Siguen siendo muy esclavos de esto. Son muy inocentes en algunos aspectos, muy calurosos, y cuando de verdad se entregan son una pasada. Lo que más me llamó la atención es cómo están allí las mujeres. Es horrible, muy feo. La violencia se palpa, pero no revientan. Algo avanza…, pero no. Algunas trabajan, pero no se ve bien que trabajen. Las que acceden a estudios creo que son de las castas superiores, pero el resto sigue con lo mismo: se casan jóvenes. Sólo existen a través de un hombre y cuando se casan, pasan a ser de los padres del novio, y ellos tienen potestad absoluta sobre ella y deciden sobre su vida. La mujer entra en la casa y se pone a servir a la familia, limpia, cocina… lo hace todo para ellos. Aprendí un poco de nepalés, y cuando están a solas ellas dicen que están hartas, no aguantan. Además, yo lo notaba en las miradas.

—¿Cómo nos ven a los españoles?

—Como marcianos. Ven a este mundo muy consumista, muy rápido.

—¿Qué tal con el actor nepalés?

—Muy bien. No era un actor profesional, pero en la película hace de mi marido y en la vida real es casi el personaje. Es guía de turistas, vive en las montañas, tiene su familia, hijas, está casado, y tiene un hostal. Es un hombre muy especial. Habla un inglés muy difícil, pero lo habla.

—¿Y hubo mucha tensión en las escenas de sexo?

—Difíciles, ¿eh? (Sonríe) Tensión no, porque hicimos muy buena piña. Le expliqué cómo lo veía yo y le dije: “Yo soy tu compi, si me tocas no te voy a pegar, no pasa nada. Pero vamos a hacerlo así y asa, técnicamente, y tú puedes confiar en mí. Si te sientes mal, me lo dices y paramos…”. Y así, por ahí… Además, también éramos muy poquitos rodando esas escenas.

—Qué curioso que sea la chica la que tranquiliza al chico, cuando normalmente es al revés. Imagino que con Dani Martín en Yo soy la Juani era al revés.

—Sí. Pues no te creas, ¿eh? También lo hablamos (ríe). Yo creo que lo importante es hablarlo. A veces tienes miedo a decirlo… Con Dani éramos los dos y Dani es un actorazo. En los ensayos teníamos tantas ganas de hacerlo bien que estábamos todo el día improvisando. Nos juntábamos con Bigas y lo que salió, salió. Con el actor nepalés fue diferente porque no tenía ese ímpetu, pero yo se lo explicaba todo muy bien para que no pensara que yo quería hacer el amor con él de verdad o que si lloraba, yo no lloraba de verdad, o que no me enfadaba con él de verdad. Acabábamos y me decía: “¿Estás bien?” — Sí. “¿Y por qué lloras?” — “Por la escena”. Y luego, sin estar rodando, me decía: “A ver, llora ahora”. Le hacía mucha gracia el rollo este de poder ponerte a llorar de repente (ríe).

—¿Te da pudor verte en pantalla?

—Sí, de entrada, siempre. Y luego ya digo: “Va”. SI me dedico a esto me tengo que ver. Y aprendo.

—Tienes el mismo tono de voz que Icíar Bollaín.

—Qué bien, porque me gusta como habla.

—Y hay planos de la película en los que me recuerdas a Penélope Cruz.

—Sí, me lo han dicho otras veces, pero no en Katmandú. Qué guay.

—¿Te gusta Penélope Cruz?

—Sí. La admiro mucho.

—¿Y trabajar en Hollywood sería un sueño?

—Sí, claro que sí, porque allí se hacen muchísimas películas. Yo sólo he trabajado en una (The Cold light of Day, con Sigourney Weaver y Bruce Willis, de próximo estreno). Me gustaría, por supuesto, pero creo que Penélope Cruz tiene una cosa y es que ha conseguido lo que ella quería, o eso creo yo, y por eso la admiro mucho. A mí me gustaría conseguir las cosas que quiero, pero no son las mismas. A mí me apetece mucho hacer teatro aquí, y también hacer películas en Alemania, Francia… en toda Europa. En realidad, películas interesantes en donde sea.

—Pero si una actriz trabaja en Hollywood ya se mueve en otros presupuestos y con otros sueldos…

—Claro, y a mí lo que me atrae de Hollywood son todas esas oportunidades, y uno de mis sueños es hacer una película de ciencia ficción, que es un género que me gusta mucho. Como actriz me gustaría hacer de monstruo, de hada… de cosas realmente dispares. Porque allí, para una película de fantasía montan un bosque entero y… qué gozada. Claro que quiero trabajar ahí.

—¿Pagaría el precio de ir a vivir a Estados Unidos?

—Un tiempo sí, pero quedarme allí, creo que no. Me encanta vivir en sitios fuera de España, lo he hecho y me gusta mucho. Pero lo de la popularidad lo veo distinto. Supongo que a Penélope tampoco le gustará. Yo aspiro a que no se sepa demasiado de mi vida personal, porque lo que me interesa es que la gente se crea al personaje. Cuando fui a ver Babel, y eso que Brad Pitt hace muy buen trabajo, me imaginaba a Angelina Jolie con los niños esperándole detrás de las cámaras… y me da rabia. No quiero saber de su vida porque creo creerme la película.

—¿Tuviste que hacer prueba?

—Sí, tuve que hacer dos. Y en la segunda, al acabar me dijo: “Vero, no voy a esperar más. Vas a ser tú”. Y es la primera vez que me ha pasado, que en un casting me digan en el momento: “lo vas a hacer”.

—¿Por qué te escogió Icíar?

—Según lo que me ha dicho, es algo de mi espíritu, de mi personalidad, que le encajaba con el personaje. En una escena con los niños me dijo: “Sobre todo, me conquistó la manera de relacionarte con ellos. Porque este personaje tiene que conectar con los niños muy bien”. Es una profesora, así que, si no, apaga y vámonos.

—¿Y te gustan los niños?

—Mucho.

—¿Cómo es Icíar como directora? ¿Es mandona, con esa vocecita?

—Sí, es muy exigente. Mucho. Yo estoy muy contenta, porque de entrada fue muy difícil encontrarnos.

—¿Por qué? ¿Te imponía respeto?

—Sí, porque cuando ella lo tiene claro, lo tiene claro, y es dura. Después nos fuimos encontrando y nos comunicamos mucho. Hablamos mucho, nos lo curramos un montón y la relación que hemos desarrollado es muy bonita, la quiero mucho.

—Por último, en mayo estrenas otra película, Seis puntos sobre Emma, en la que haces de ciega, y también tienes pendiente de estreno The cold Light of Day, con Bruce Willis y Sigourney Weaver.

—Sí, estoy encantada.

—Por cierto, Sigourney Weaver acaba de presentar en el Festival de Cine de Sundance Luces Rojas, dirigida por el español Rodrigo Cortés (Buried, Enterrado). ¿Qué tal con ella?

—Me encantó trabajar con ella. Es una mujer muy normal, muy tranquila, muy emocionada con su trabajo… Una gozada.

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